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Por Vika Fleitas

Hay algo profundamente tranquilizador en las estructuras. Como Project Manager, gran parte de mi trabajo consiste en construir orden: procesos, plazos, metodologías, ser consciente de las responsabilidades de cada rol y cada área.

Los proyectos necesitan marcos claros para avanzar: la estructura organiza el trabajo, alinea expectativas y ayuda a transformar las ideas -ya sean simples o complejas- en acciones concretas. La estructura nos da dirección, nos permite sostener el rumbo cuando hay muchas piezas moviéndose en distintas direcciones, al mismo tiempo.

Sin embargo, hay una habilidad igual de importante a tomar en cuenta: las estructuras solo funcionan cuando les damos espacio para adaptarse.

Las prioridades pueden tener que ajustarse en el camino, pueden aparecer nuevas variables, surgen imprevistos, el contexto se mueve; somos personas y los movimientos orgánicos también necesitan su lugar. 

Y esto me remite siempre a las palmeras. 

A diferencia de otros árboles rígidos que intentan resistir el viento desde la inmovilidad, las palmeras sobreviven a los huracanes porque se doblan: su tronco flexible les permite acompañar la fuerza de la tormenta sin quebrarse. No renuncian a su estructura -siguen firmemente arraigadas-, pero entienden algo importante: sostenerse también implica saber moverse.

En gestión de proyectos pasa algo parecido.

Existe una tendencia a asociar precisión con control absoluto: tener respuestas a todo, seguir el plan tal como fue diseñado, anticipar todos los escenarios posibles. Pero la experiencia muestra otra cosa: los proyectos más sólidos no son necesariamente los más rígidos, sino aquellos capaces de ajustarse sin perder su rumbo.

La estructura sigue siendo necesaria (una palmera sin raíces no permanece en pie), pero la flexibilidad es lo que le permite atravesar las embestidas del viento.

Quizás el verdadero equilibrio esté ahí: construir procesos suficientemente claros para ordenar el trabajo, pero lo bastante flexibles para permitir adaptación. 

Diseñar metodologías que orienten sin encorsetar, trabajar en equipo con objetivos concretos, pero también con apertura al cambio. Entender que modificar un camino no implica perder dirección; muchas veces significa responder mejor a lo que el contexto necesita.

Las palmeras lo entendieron mucho antes que nosotros: la fortaleza no siempre está en resistir sin moverse, sino en saber doblarse sin perder su centro. No resiste quien permanece rígido sino quien logra encontrar una justa flexibilidad.